Por José Antonio Moreno Durán

A finales del año 2011, cerró sus puertas uno de los bares «míticos» de San Pedro Alcántara, el Bar Hnos. Espada, sito en la calle 19 de Octubre, justo enfrente de la oficina de Correos. La mayoría de sus asiduos clientes lo conocían como el Bar del Rata, cariñoso apelativo o sobrenombre de su último propietario, Salvador Espada Haro, quien lo regentó en exclusiva desde principios de la década de los noventa. Pero la historia del bar se remonta al año 1967, cuando Miguel Espada Moreno –—padre de Salvador— lo inaugura. Miguel, natural de la colonia de El Ángel, fue siempre hombre emprendedor y compaginó su actividad hostelera con el desempeño de su labor como transportista. Así que en la práctica fueron sus hijos y su mujer —Ana Haro—, los que de una forma y otra también contribuyeron al funcionamiento del negocio. No deja de ser un dato anecdótico, pero es necesario recordar la relación familiar de Miguel Espada con su hermano Salvador, propietario del salón de baile llamado del Ratón (apodo de toda la familia por esa rama), lugar destacadísimo para al menos un par de generaciones de sampedreños, ya que su salón de baile o recreativo era el lugar de encuentro de la juventud allá por los años 1950-1960. Se encontraba dicho salón en la avenida Oriental, entre las actuales calles de Antonio Martín y Don Vito, y no solo congregaba a los naturales del pueblo, pues su fama era tal que atraía a jóvenes de Marbella y del término municipal de Estepona, quienes con el pago de una módica entrada podían tomar unas copas y bailar en pareja al son de una orquesta, sin sobrepasarse demasiado según marcaban las costumbres y preceptos morales de la época, a veces celosamente vigilados por el propio cura párroco. Con el paso del tiempo, y la desaparición progresiva de este tipo de locales, el salón se convirtió en los 70 en la escuela del maestro Aranda.

El cierre del Bar Hnos. Espada parece que también anuncia el fin de un tipo de establecimiento del que cada vez quedan menos ejemplos en San Pedro. Son bares del pueblo, con una concurrencia que abarca toda la escala social, ajenos a modas decorativas, y escenario de ávidas discusiones o tertulias. Salvador Espada, defensor infatigable de causas perdidas, supo impregnar de su particular forma de ser un café, un bar, que trascendía lo meramente comercial hasta convertirse en una extensión más del ámbito personal de aquellos que lo frecuentaban.

Como buen bar con solera, ha dejado también testimonio literario en la novela Historia Casual de San Pedro:

«Después de mi obligada siesta adopté la costumbre de tomar café en el bar del Rata, oficialmente conocido como bar Hermanos Espada. Semejante costumbre fue secundada por mi grupo de allegados, citándonos tácitamente a eso de las cuatro de la tarde. El cafetín constaba de dos salas, en una de ellas encontrábamos una mesa de billar pool 8, típica de los pubs británicos, que algún avezado comercial había importado a la zona, haciéndose muy popular su juego, evidentemente con reglas diferentes a las oficiales, motivo de eterna discusión con los ingleses que de vez en cuando nos retaban. La otra sala era el bar propiamente dicho. Disponía de una zona para los clientes con dos mesas de plástico blanco y cuatro sillas vulgares, una barra en forma de ele con friso de azulejos rematada en la parte superior con madera de formica beige, y unos cómodos taburetes tapizados en cuero negro desgastado. Detrás de la barra contemplábamos el otro sector ocupado por una espaciosa cocina-despensa-sala de frigoríficos, con anaqueles desvencijados de pintura imprecisa que acumulaban polvo y botellas en igual proporción, el poco espacio libre de la pared exhibía un reloj en forma de tonel con las agujas señalando la misma hora desde el día en que Jesús Gil llegó al poder, y por supuesto, como no podía ser menos en semejante antro, la puerta de acceso a un patio interior permitía colgar de una alcayata un gran almanaque promocional de alguna tapicería o almacén de frutas cuya foto nos mostraba los encantos bien a la vista de una hembra de bandera. Puede que lo más llamativo en el orden estético fuese la estantería que había justo frente a la puerta de entrada, donde Salvador tenía ordenada su cubertería y vajillas, con la excepción de las dos últimas secciones dedicadas a la particular colección de su mini museo erótico. Para entender esta afición hay que conocer al personaje: de talla mediana, cetrino de piel, robusto y fuerte, con cabellera azabache lacia y raya al lado, de ojos expresivos, con varios lunares enormes en la cara (…). Con semejantes antecedentes no era de extrañar su desmedida afición a determinados objetos sexuales, dándose el caso de que sus muchos amigos, conscientes de esa pasión fetichista, le traían después de cualquier viaje una pieza para que integrase su exposición (…). Un arsenal a la vista de cualquier valiente que franquease la puerta. Porque claro, no es uno de esos sitios en donde uno se atreva a entrar así como así, hay que estar en sintonía con el dueño para que te atraiga; pasado el umbral, y en confianza mutua, la atmósfera te magnetiza. Puedo afirmar que he pasado deliciosas tardes en semejante cafetín.

(…)Me había levantado más temprano que de costumbre, sobre las diez, tampoco era cuestión de exagerar. No hubo desayuno en casa, después del aseo personal fui directamente a nuestra subsede, el bar del Rata. Normalmente, a esas horas matutinas su clientela fija viene y va, saboreando sus pringosos molletes y ese maldito café perruno. Por allí pasa un gentío ecléctico que engloba desde el arquitecto engominado que viste pantalones de pinzas Dockers y polito Ralph Lauren hasta el basurero con traje de faena verde fosforescente, entremedio de esos dos topes encontramos bancarios ludópatas que aporrean la maquinita tragaperras apurando los minutos de su descanso matinal, carteros somnolientos, o los inevitables guiris que aprovechando alguna gestión en la vecina oficina de Correos tontean con el paisanaje local entre lingotazo y lingotazo de coñac. El estrafalario conglomerado humano que da fama al local estaba siendo engullido por los nuevos elementos atraídos al son de la carrera electoral. Aquello se había convertido en un circo, por allí circulaba cualquiera que tuviese algo que ver con la oposición política. Los conciliábulos se sucedían mañana y tarde, sin pausas. “Rata, tú con tres elecciones te forras, desde que han empezado la campaña aquí no cabe un alfiler”, se quejaba amargamente y con cierta sorna uno de los míticos del lugar, molestado sin duda, por la repentina afluencia de politiquillos de cualquier pelaje.»